Reseña sobre la película de Alfonso Cuarón (Ver tráiler)

Mucho se ha hablado de esta película realizada por Netflix con la dirección de Alfonso Cuarón, quien ya había manifestado que este era un filme que tenía en el tintero y que dedicó a Libo (la Cleo de su vida).

El título de la película obedece a la colonia mexicana en la que sucede el relato y la cual está habitada por personas de clase media. Allí vive y trabaja su protagonista, una mujer indígena que como miles de mujeres, se gana la vida sirviendo a una familia que vive sus propios dramas conforme avanza el filme.

Roma es una joya porque ofrece una realización que innova en planos y secuencias, juega con cámaras fijas y una escenografía fiel a la época en la que se desarrolla la pieza audiovisual. Por otra parte, retrata lugares reconocidos para los mexicanos y hechos que marcaron su historia, todos, elementos que logran la identificación de los espectadores. Si a esto le sumamos que la protagonista fue una actriz natural y que el filme no tuvo libretos como tal para sus actores, sino más bien la marcación de guion diaria para toda la producción, se hace evidente el talento y el profesionalismo de todo el equipo de trabajo.

También se resalta el trabajo sonoro. La recreación de la época pasa por sonidos cotidianos y musicales que sin duda le dan un valor agregado a la película: desde el vendedor que va pasando por la cuadra, el agua mientras Cleo lava la loza, el motor del carro, las canciones que pegaban en la radio y el sonido (también imagen) del avión que varias veces pareciera colarse en las escenas, pero que sin duda alguna se convierte en un simbolismo interesante de la trama.

La explicación sobre por qué la película fue realizada en blanco y negro no es muy profunda. Su director la imaginó así desde el principio y bueno… quizás nos genera nostalgia del pasado, pues pareciera que a veces miramos hacia atrás en escala de grises. Sin embargo, existen escenas que seguramente se hubieran enriquecido con el color. Imaginar la escena a color de Cleo saliendo del cine, cuyo andén está plagado de vendedores de todo tipo, gente y objetos festivos en movimiento, hubiera dado un contraste interesante a su rostro de angustia y abandono.

A propósito de la protagonista y de lo que vive, es doloroso ser testigo de la realidad de miles de Cleo que en México y en muchos países del mundo viven esta nueva forma de esclavitud camuflada en trabajo. La situación que vive solo nos recuerda que durante muchos años (incluso en la actualidad) miles de niñas indígenas y campesinas son arrancadas de sus hogares para ir a servir a la ciudad sin ninguna posibilidad de una vida digna, educación, salud o recreación. Niñas a la merced de la familia que las explota. Sí, algunas menos infortunadas que otras (como Cleo) pero nunca afortunadas. Porque Cleo nunca dejó de ser la muchacha del servicio sin educación y oportunidades que nos presentaron al principio. Una familia empleadora responsable hubiera pagado todas las garantías a la mujer que dedica su vida a cuidarles y servirles.

Es por estas razones que el filme es una joya brillante y dolorosa. Porque en lugar de ser un homenaje al sacrificio de mujeres como Libo, reafirma el estereotipo de que una familia que explota a una menor de edad es “buena” porque le da techo y comida y porque no la echa a la calle cuando (como su protagonista) queda en embarazo. Es triste, clasista y desesperanzador.

Por: Hope Fonts

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