No estamos informados, vivimos entretenidos.

Nos lo dice todo: la radio que escuchamos, la prensa con la que nos informamos, el canal de TV favorito, los personajes reconocidos que seguimos en redes sociales y las llamadas cookies de páginas y redes, que no nos dejan terminar de bostezar sin hacernos saber que lo que tenemos es hambre.

Y sí, tenemos hambre, aunque en un sentido más filosófico. Hambre de saber, de tener la razón, de decir primero; lo cual no es muy difícil. Como hemos regalado tanta información a internet, basta mirar el time line para tener la falsa sensación de que ya lo sabemos todo y de que por supuesto: tenemos la razón.

Ya lo dijo Rosa María Calaf: “La ciudadanía cree que está informada cuando está sólo entretenida” estamos sobrexpuestos al entretenimiento, todos los días a cualquier hora. Y entretenidos en todos los temas, por todos los canales. Sin embargo, en temas de política el asunto es delicado. Con base en el supuesto de que ya sabemos, tomamos decisiones a diario que pueden afectar el futuro, la familia, la democracia, incluso la vida en comunidad.

En muchísimos casos, la información que nos llega por redes sociales es sesgada, acomodada, menos independiente y por supuesto: menos rigurosa (ni hablar de las famosas Fake News). Pero nos sentimos satisfechos porque es lo que queremos leer, porque no va en contravía de lo que pensamos, porque nos hace sentir cómodos y cómodas con la posición que tenemos.

Ahora: que el círculo en el que nos movemos piense como nosotros, no necesariamente implica que tengamos razón. Podemos vivir en un mundo de fantasía, embriagados de una moral de superioridad infranqueable, pero la burbuja personal seguirá estando cerrada y continuará descontextualizada de las realidades del mundo en el que vivimos. Al respecto, Barack Obama dijo hace poco en una entrevista con David Letterman*: «si toda la información que uno obtiene proviene de algoritmos en un teléfono y solo reafirma los prejuicios que uno tiene, se desarrolla un patrón de comportamiento… y contribuye a que tengamos un panorama político muy polarizado».

Las elecciones presidenciales de Colombia son un buen ejemplo de la política del entretenimiento. Cada quien seguía y replicaba al candidato de su preferencia en la primera vuelta. En mi entorno conocía a lo sumo dos personas que iban a votar por Iván Duque; eso me hubiera podido evidenciar que ese candidato no tenía la menor posibilidad de pasar a la segunda vuelta. Pero ¡Oh sorpresa! (que no debería ser sorpresa) la mayoría de votos en el país los obtuvo dicho candidato. Este ejemplo solo corrobora que la información la recibimos con base en los prejuicios políticos y se refuerza con el tiempo.

La cultura del entretenimiento nos limita, nos sesga y nos conforma. Nos quita la valiosa oportunidad de equivocarnos y la valentía de cambiar de opinión. Esta sociedad del entretenimiento debe convertirse un el reto para ampliar el panorama, revisar nuevas fuentes y volver un poco a los medios de comunicación que se dedican a la investigación. Menos memes, más comunicación.

Por: Hope Fonts

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